jueves, 21 de marzo de 2013
Caudal
Anoche me invadió el desierto de las quebradas, un violín desafinado que vuelve a mi memoria cada tanto, como un hueco abierto por el esternón, la huida de algo que no pudo ser, pero que encontró en la voz dulce que lo acompañaba la mejor palabra para una despedida. Las sombras se avienen cuando los ojos se rescatan en un brinco ajeno, de cabrita, de agenda de diarios viejos, de poemas y pinturas que ya nadie puede leer. No es un extrañamiento cualquiera, parece reunir todos los duelos posibles, y las respuestas no se hallan en las preguntas, todo es soledad. Los ojos de agua son puro caudal en la lejanía. Por un instante el sobrevuelo de los chimangos se me hace nítido, son muchos, y están allí o están acá. En las araucarias de la plaza de aluminé, en el volcán de los sueños expulsando sus antiguas cenizas, en la ventana de mi infancia, en los cables de teléfono rotos, en el pucará de tilcara, en el centro de la ronda de iruya, y ahora en la puerta de mi casa cada tarde. Van hacia el lugar del que ya no podré volver y por eso muchas veces casi ni me asomo, me sorprendo paleando la arcilla, cocinando o comprando sin apenas percibir la dimensión que me muestran, cotidianamente, sé que es un tiempo medido, casi una tregua a destiempo, esto que llaman saltar al vacío sin dudar, son penumbritas nomás, después encuentro algún caracol hambriento que deja sus humedades en los restos que consumo, y entonces vuelvo a ver el mismo hueco erosionado que ya no reverdece, por más que atisbe a enternecer con un nuevo nacimiento.
sábado, 2 de marzo de 2013
Ojo de agua II
Contrajo sus alas en un mismo
impulso del aliento, giro en elipsis hacia arriba rompiendo
insatisfacciones medias tintas con la misma velocidad en que se rompe
un jarrón, así el aire se dividió en dos orillas infinitas y
filosas. No es posible respirar con suavidad de este lado chimanguito
amigo, acompañame, quiero verte en esta turbulencia que de vez en
cuando me hace feliz. Aquí donde se sueña con lo fugitivo aún, con
lo que se capta al abrir los ojos por primera vez, el exceso del
florecimiento, el vacío que dejan las máscaras cuando se cuelgan en
la casa vieja. El diálogo aún puede retomarse cuando dejamos que
las palabras sean más que burbujas sueltas que comprueban lo que
pensamos. Al fin el pensamiento es una ilusión oscura que cansa la
mente, refugio de paisajes chiquitos que suaves acarician nuestros
sentidos, pueblo que reúne en una misma canción la intención del
amor. Sé de tus pesadillas compartidas, vi las aves carroñeras,
están lechuceando todo el día, se llenan de chillidos espantosos y
se reflejan bellas en los espejos hechizados de la estupidez, no
saben nada de la ternura de la piel, del ritmo sincero de las
copleras, fanáticas se mueven en los círculos de la crueldad, en el
centro de sus elecciones condescendientes anida la comodidad, y
absorven la sustancia de la inocencia para no envejecer. La noche es
siempre negra en sus destinos repetitivos, se parecen tanto. Miran
raro frente a tus colores atigrados, no saben nada de la belleza, se
rejuntan y se festejan como partidarias del mismo vuelo sólo para
devorarse lo que nace en el mismo instante de su condensación, antes
de que tomen forma genuina. Obsecuentes, adulan como pájaros de mal
agüero para comer mejor.
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